Hermanas de la Sagrada Familia de Nazaret

La certeza de saber que la gente pide la paz para Ucrania me da fuerza

A menudo nos preguntáis cómo viven nuestras hermanas en Ucrania ahora, cómo se las arreglan y si están a salvo. Nos gustaría compartir con vosotros extractos de una carta circular que nuestra Superiora General, la Hermana Ángela María Mazzeo, dirigió recientemente a toda la congregación. También citaremos algunos de los testimonios de las hermanas de Ucrania que nos han llegado.

“Nuestras hermanas en Ucrania continúan sirviendo con valentía y adaptándose a las necesidades siempre cambiantes y a la «nueva normalidad». Pero esto es sólo parte de la historia. En respuesta a una pregunta sobre sus experiencias de guerra, las hermanas compartieron algunas de sus vivencias emocionales y espirituales durante este período. 

No es sorprendente que muchas mencionasen el miedo, especialmente ante las bombas y explosiones que ocurrían muy cerca de ellas. Para algunas, el trabajo duro y la oración han ayudado a dejar de lado el miedo por un tiempo. Para otras, las alarmas frecuentes se han vuelto normales y han aceptado esta realidad. Otras, sin embargo, se preguntan cómo es posible acostumbrarse a la guerra. Sin embargo, también hay hermanas para quienes el miedo se ha ido intensificando con el tiempo y ha traído consigo sentir dolor cuando oyen hablar de personas que conocían, que han muerto o han desaparecido. Sin duda, esto es especialmente difícil para aquellas hermanas cuyos familiares están luchando en la guerra. Para algunas de ellas, es una injusticia que algunas personas puedan «vivir normalmente» mientras otras sacrifican sus vidas en el frente. Una de las hermanas admitió que en ciertos momentos tranquilos se puede tener fuerza, energía e ideas y, a veces, casi olvidarse de la guerra. Otras veces hay enfado, cansancio, frustración y deseo de retirarse. 

Al comienzo de la guerra también había una gran sensación de incertidumbre: «¿qué pasará mañana? ¿Sobreviviremos? ¿Qué haremos?». Para algunas, esto se ha convertido en una tajante certeza: ahora están donde deben estar para servir a los demás y a sus infinitas necesidades, incluidas las espirituales. La sensación inicial de impotencia se convirtió en compasión ante el sufrimiento tan injusto y la gran pobreza de las personas que tuvieron que huir de sus hogares, ciudades y pueblos. Varias veces las hermanas mencionaron su agradecimiento por el apoyo de amigos, familiares y de otras hermanas, así como agradecimiento por los soldados que están luchando, y especialmente el agradecimiento por el Señor y la confianza en que todo es gracia. Las hermanas aprendieron a valorar cada minuto de la vida, porque en unos minutos podría desaparecer. 

La guerra ayudó a las hermanas a darse cuenta de lo grande y valiosa que es la vida humana y de que nuestras vidas están en manos de Jesús. Además, mientras vivamos, tenemos la oportunidad de utilizar nuestro tiempo para algo bueno. Las hermanas ven que es difícil sobrevivir a los tiempos de guerra sin fe, sin la certeza de la Presencia de Dios en cada una de nuestras vidas. Ven y comparten la necesidad de aferrarse a Jesús en su Palabra, abrirse al Espíritu Santo, escucharlo constantemente y renunciando a sus propios planes que habían imaginado, a su propia visión de la vida. Sin embargo, tienen confianza plena en que Dios es fiel a su Palabra y a su promesa y que no permite el mal del cual no puede sacar aún mayores bendiciones y bienes.”

Y aquí os ofrecemos algunos extractos de los testimonios de las hermanas:

Es difícil describir cómo siento la guerra yo misma, porque intentar pronunciarlo todo genera muchas emociones. Comenzando por la ira y la sensación de impotencia, y terminando con la compasión ante el sufrimiento injusto. La guerra me hizo darme cuenta de lo grande y valiosa que es la vida humana. Y por tanto, en cada encuentro o conversación, todo cuenta, desde la escucha a enjugarse una lágrima. Gestos tan simples, pero tan profundos: abrazos, consuelo, estar a tu lado. Estar feliz con la presencia de alguien. Decir “Me alegro mucho de verte vivo”. ¿Que si siento miedo? Sí. Especialmente cuando existe una amenaza tan directa a la vida, cuando escucho fuertes explosiones de bombas o morteros justo a mi lado. El miedo es a menudo para mí la voz de la razón, para no arriesgar mi vida innecesariamente. Esto lo he sentido especialmente en Jersón. Sin embargo, la guerra despierta actos de ayuda mutua, sensibilidad y apoyo entre la población local. Viviendo entre ellos, compartiendo su vida cotidiana, a menudo soy partícipe su gratitud al mundo entero por su ayuda, presencia y apoyo. El viaje en tren de Jersóna Kiev fue especialmente emocionante para mí. El viaje duró 10 horas y durante todo el camino escuché no solo historias dramáticas de personas concretas que vivieron la ocupación, sino también muchas palabras e historias de gratitud de personas que encontraron refugio en Polonia o Europa, al menos por un tiempo. Es difícil sobrevivir a los tiempos de guerra sin fe, sin la certeza de la Presencia de Dios en la vida. Lo veo no sólo en mi vida, sino también en las personas que conozco todos los días. La certeza de saber que la gente ora y el hecho de que muchas personas pidan la paz para Ucrania me da fuerza y esperanza para que el fin de este infierno llegue pronto. Muchos soldados, personas y yo misma vemos que la oración nos otorga cada día dones muy necesarios.

En diferentes partes de Ucrania la guerra se siente de diferentes maneras. Me encontré con muchos soldados heridos en la calle, en sillas de ruedas. Hay muchos soldados sin brazos ni piernas. Cuando veo soldados heridos, me siento agradecida porque sé que estas personas también luchan por mí y que aquí - a pesar de estar en el epicentro de la guerra- siento más paz porque, como Jesús, dan su vida por Ucrania y por nuestro futuro. En uno de mis viajes al campo con los niños, vi muchas víctimas militares en cada pueblo y ciudad, sus tumbas se pueden ver en los cementerios. Todavía hoy me cuesta oír las explosiones, me da mucho miedo y no logro acostumbrarme a ellas. Luego cuando leo las noticias, y veo que informan de que están tirando bombas, simplemente rezo y pido a la Virgen que nos proteja y que haya menos víctimas. Rezo por la conversión de Ucrania y Rusia. Me apego a Jesús, a Su Palabra, he aprendido a valorar lo que tengo, aprecio cada minuto de la vida, porque sé que en unos minutos se puede acabar.

A veces pienso, aunque la guerra aún no ha terminado, cuánto tiempo llevará reconstruirlo todo, no sólo en el sentido material, sino sobre todo en el sentido moral y espiritual. Humanamente es difícil encontrar una respuesta, pero con Dios todo es posible. Necesitamos tener nuestras manos constantemente elevadas a Dios, nuestra conversión hacia Él, hacia su Palabra, para que venga la paz que sólo Él puede dar...

Durante estos 18 meses, también me encontré con una gran pobreza: personas que tuvieron que huir de sus hogares, apartamentos, ciudades y pueblos y tuvieron que huir a Kiev. Casi desde el comienzo de la guerra, brindé ayuda humanitaria a las personas desplazadas. Me contaron sus experiencias, cómo se escaparon, cómo tuvieron que dejarlo todo, toda su vida, y llegaron a Kiev con tan solo una bolsa de plástico en la mano. Con lágrimas en los ojos admitieron que nunca antes habían pedido ayuda y que ahora tenían que hacerlo porque era muy difícil sobrevivir. A veces me contaban que vivían entre 6 y 8 personas en un apartamento de una sola habitación, porque no podían permitirse más... Al escuchar su pobreza y darles un paquete de comida, a menudo yo misma sentí cierta humillación, porque sabía que ese paquete era como una gota en el océano para ellos... Quería ayudarlos más, pero... la necesidad de ayuda era infinita. ¿Qué les puedo dar, qué es lo más importante? Me pregunté a mí misma y a Dios: ¿cómo puedo ayudarlos? Y Dios me mostró que hay aún mayor pobreza, cuando una persona no conoce al Dios Misericordioso, el Dios que sufre con ellos, el Dios que es amor.... Así que me di cuenta de que mi mayor ayuda era darles al menos un poquito de Dios y de la Buena Nueva acerca de Él. Lo siento como mi misión y mi tarea. Antes de entregarles los paquetes de comida, comencé a orar con ellos, les leí breves pasajes de la Biblia, busqué comentarlos con ellos… Juntos clamamos a Dios, en el idioma que todos conocemos: “Padre nuestro…”

Que estos testimonios reaviven nuestras oraciones por la paz en Ucrania, por nuestras hermanas, por las familias involucradas y por todos aquellos que siguen sufriendo tan injustamente.

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