Hermanas de la Sagrada Familia de Nazaret

“Creced y multiplicaos” – testimonio de Esther Gómez y Emilio Fernández

Emilio: «Al igual que todos los jóvenes, tuvimos nuestro proyecto vital, y en este proyecto entran los hijos, la familia…. Me casé con un propósito, con un ideal, pero en el fondo me buscaba a mí mismo. Era profundamente egoísta y en mi mundo los demás no existían. Mi relación con Dios era muy formal y sin profundidad. Poco después de casarnos vi que este proyecto vital no se realizaba, no tuvimos hijos… Ni el primer año, ni el segundo, ni el tercero… Todas las familias a nuestro alrededor tenían hijos, y nosotros, nada. Entré en una crisis muy profunda de fe. Yo no conocía el amor de Dios verdadero. Mi idea de la vida perfecta, de la felicidad era tener una familia numerosa, y en esa idea, en este plan, Dios, no entraba. La realidad de que no podía tener hijos biológicos me produjo una profunda tristeza, una sequía espiritual y moral. De este abismo exclamé: «¡Señor, sácame!» 

Esther: «Quiero iniciar con la frase: «los caminos del Señor no son mis caminos…». A mí, el Señor me sorprendió gratamente. Yo siempre he sido una persona muy exigente, muy perfeccionista, y el Señor normalmente me regaló muchas cosas que yo no esperaba, que no quería, y que me producían sufrimiento. La Iglesia me enseñó que la fecundidad no es sólo biológica, sino también espiritual, es decir, la fecundidad tiene muchas caras. Pero, yo me casé con la idea de un proyecto superior al de mi marido. Quería una familia grande, con siete hijos, religiosa, y si era posible también una familia misionera… Supe que eso era posible, pues lo podía ver en la parroquia… Y pensé si nosotros hacemos las cosas un poquito bien el Señor nos bendecirá y nos dará hijos. Pasaban los años y no venían los hijos… Muchas veces pensamos que, si algo es bueno, es también justo y necesario para nosotros, el Señor nos lo dará. Pero, sucede que, algo puede ser bueno para ti, pero, no es lo necesario para encontrar al Señor. Yo buscaba ser feliz, pero buscaba según mi proyecto, y el Señor tenía otros planes para mí». 

Ester y Emilio descubrieron que la fertilidad tiene muchas caras y no necesariamente significa fertilidad biológica. Siguiendo el consejo de un sacerdote, abrieron sus corazones y su hogar a los demás y para el servicio en la Iglesia. Pronto su casa se llenó de la gente (especialmente jóvenes) que necesitaban una palabra amable, un poco de tiempo, la presencia, la comunidad. Ambos dedicaron todo su tiempo, fuerza y talento al servicio de los demás. Experimentaron una profunda paz y alegría, se sintieron realizados. Comprendieron que Dios, de una manera diferente a lo que pensaban, hacía que sus vidas fueran fecundas, fértiles.

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Entonces sucedió un milagro, Ester se encontró embarazada. Sorprendidos y alegres, les dijeron a todos que estaban esperando un niño. Dios puso su fe a prueba pues, Ester tuvo un aborto espontáneo. Contra todo pronóstico, no sintieron desesperación, sólo esperanza de que, si Dios les había dado la señal una vez, podría dar una segunda y una tercera… Este niño significaba que Dios los había sanado y que la promesa hecha a Abraham –que su descendencia sería tan numerosa como las estrellas en el cielo– podría cumplirse también en sus vidas. Esperaron llenos de paz y esperanza, aunque los demás no lo entendieran. A Su tiempo y su modo, Dios, vino con el regalo de tres hijos. Lo imposible se hizo posible.  

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